16 – Háblame de ti
septiembre 5, 2011
Ya no sé ni qué lo desencadenó, si fue por mi repentina pero totalmente premeditada soledad, la emoción que sentí al creer que te tendría de nuevo en mi vida o el hecho de que volviste a sacarme el puto corazón, pero en días anteriores estuve pensando mucho en volverme a medicar, llegar llorando con la mujer de cuyo vientre salí y decirle con mi cara más marica: “mamá, quiero ir al doctor… al doctor… ¡al psiquiatra, mamá, me siento deprimido, no me gusta estar aquí!”. Y no es que sea la ciudad, tú, ella o la perra que me cae mal pero igual suelta, sino más bien mis ganas por hacerme el niño sufrido.
“You’ve fractured my heart once again”, suelo cantar con un incómodo falsette del que alardeo diciendo que está dentro de mi rango vocal, así como alardeo de pendejadas que ni siquiera domino, así como digo que escribo pero la verdad no me he sentado seriamente a teclear dos renglones desde hace casi tres años, así como me la paso hablando de música pero no escucho un carajo (oiga, pero si a mí ni me gusta la música, lo que me gusta es saber qué onda con los numeritos de los que sale). El niñito quiere ser especial, se las da de mamón y todo lo que quiere es una atención que no se merece. ¿Y quién vergas se merece la atención? ¿Tú? Pues qué puto, la atención sólo la buscan los attention whores, como el puto de Jeffree Star o como las gordas que ponen fotos en ángulos engañosos para que desconocidos la chuleen o como las darketas de secundaria o como tu madre cuando sale sin sostén a hacer las compras o como mi pinche casera pasada que lo único que hacía era gritarle a todo ser vivo con el que se topaba. Bola de degenerados.
Pero, ajá, ¿en qué iba? Es que me distraigo, guapa, y luego me voy por las ramas. Ah, sí. Ajá. Gracias, nena.
Pero no… la situación va demasiado difícil como para que me ponga de nena de nuevo y ya me cansé de que siempre que lo haga funcione, la vida fácil está bien cómoda pero te malacostumbra, a veces hay que rascarse la panza uno mismo, ¿no? O será que tal vez ya me está cayendo el veinte, digo, no sé, tal vez ya pasé por las cinco etapas sin darme cuenta (ya hasta acepté a Cthulhu en mi vida), tal vez es otra pinche fase… no sé, te digo.
Ajá… oye, ¿ya te dije que te amo? ¿Eh? ¿Que ya no me crees? ¿Que quién verga te dijo qué? No chingues. Ajá. Más te vale. Pero como te iba diciendo… ¿ya te dije que me gusta hacerme el sufrido? ¿Ya te dije que sufro por ti, que eres la excusa ideal, que eres el foco de alto consumo pero baja intensidad que ilumina el pinche cuarto barato que conseguí en barrio de mala muerte? Sí, nena, mejor lo empiezas a creer o te mando mil notitas y te dedico mil canciones, sólo para hacerte sentir mal, ya sabes, el caché. ¿Qué? ¿Que ya no nos vemos? Va, vuelvo a la rutina.
Pero a mí ya me cansó, ¿a ti no? Como cuando has bebido seis meses seguidos y luego, por azares del destino, estás sobrio y ya te da hueva el alcohol y empiezas a ver mal a los chavitos que salen del antro vomitados aunque tú hayas sido ese mismo chavito con restos de botana elegante en su camisa mamonamente nueva hace sólo unos años. Ah, pero que ya no se escribe sólo, ¿verdad? Pinche RAE, solo le falta escribir todo con k.
Ajá, te decía… realmente quería esas pastillas, serían la excusa perfecta para mandar todo a la mierda y hacerme el sufridito de nuevo, feo el asunto. Esa es la cosa, me veo demasiado tentado por la locura, la tristeza absoluta puede ser un hoyo, pero qué confortable es, te llevan a jugar golfito y te compran juguetes caros sólo porque necesitas ayuda para producir serotonina; pero eso era hace como diez años, ¿no? Ahora si sale, te mueres, bang bang, hay cosas que hacer allá afuera, pinche mediocre. Ahora a hacer cosas, empezar de cero (¿¡otra vez!?) y agradecer lo que los demás hacen por ti, ¿no? Va.
Va, va, pero… oye, ya hablé mucho de mi. Ahora háblame de ti, ¿quieres, guapa? Oye, oye, ¿no quieres un pastel de fresa?